
El silencio en la cocina trasera no duró más que unos segundos, pero en mi mente se estiró como si el tiempo hubiera decidido castigarnos a todos.
Mi equipaje seguía en el suelo.
Los regalos estaban esparcidos como si fueran restos de una vida anterior que ya no pertenecía a nadie.
Y allí estaba yo.
De pie.
Mirando.
Sin respirar del todo.
Sarah no se movió.
Mi esposa no levantó la cabeza.
Pero Jamie sí.
Mi hijo me vio.
Sus ojos se abrieron lentamente, como si su mente necesitara asegurarse de que lo que veía era real y no otro sueño que después dolería perder.